Para una Educación Holística

November 18, 2016

 

Para una educación holística

Eduardo Yentzen

 

El sistema educacional es de  una importancia enorme, y requiere enriquecerse en cuanto a los campos en que forma a los niños y jóvenes, y en cuanto al modo en que les forma.

En lo principal, la educación memorística universal es un aspecto muy parcial en lo que una persona se requiere formar. A  la vez, lo memorístico es agotador, pasivo y no enriquece el amor por el aprendizaje. Por otro lado, la información está actualmente disponible a través de las tecnologías, y lo que se requiere más bien es generar habilidades para encontrar y procesar la información, para comprenderla, y para aplicarla. Aparte de ello, hay muchos campos en que las personas necesitan formarse y el sistema no aporta esa formación. Hay muchas habilidades para la vida y para la convivencia que no se están entregando, y el sistema no cuenta dentro de él con las personas que puedan entregar esas  otras formaciones. Por ello necesitamos incorporar elementos que enriquecerían los procesos formativos de los nuevos habitantes de nuestro mundo.

Hay un primer elemento tácito u oculto en el sistema educacional, que es su rol primario de institución contenedora de una determinada población. Una primera función que el sistema cumple es el de ‘tener’ y ‘retener’ a los niños y jóvenes dentro del sistema educacional, que es un tenerlo dentro de las habilitaciones o espacios físicos destinados a tal efecto. Esta primera acción antecede a la acción de lo que luego se hace una vez con ellos allí. Incluso el modo de tenerlos allí, el tipo de espacios, su arquitectura, su estética, sus reglas de habitabilidad, son todos procesos formativos tácitos.

 

Se tiene a los niños y jóvenes en el espacio educacional de un modo análogo a como a los adultos se los tiene en el sistema laboral, a los consumidores en el mall,  a los delincuentes en la cárcel, y a los enfermos en los hospitales.

 

Este ‘tenerlos allí’ a los niños y jóvenes permite a la sociedad contenerlos, controlarlos, organizar su gestión hacia ellos, y formarlos en lo que cree que conviene formarlos. Además, al estar allí no ‘andan dando vueltas haciendo quién sabe qué cosa’, o ‘no andan haciendo maldades’. Y algo no menor, ello permite que no sean una preocupación para los padres, quienes  así pueden ‘trabajar tranquilos’.

 

Cumplida esta  primera finalidad no explicitada que es el ‘tenerlos allí’, surge la segunda finalidad, ya explícita, cual es la acción educativa propiamente tal, para llevar a los niños y  jóvenes a través de un proceso de enseñanza/docencia  o enseñanza/aprendizaje, que tiene como centro real el ofertar sistemáticamente un conocimiento teórico considerado universal, organizado en torno a un currículo, y que dotará a la persona de los conocimientos y formas de pensar que la sociedad ha consolidado.

 

Este proceso está encomendado a un tipo de profesionales que la sociedad también forma a través de centros especializados, del mismo modo que los otros espacios tienen sus propios profesionales. Ellos son los docentes o profesores, portadores del conocimiento que se desea transmitir y de los procedimientos en que se enseña a transmitir estos conocimientos.

 

Ahora bien, en el espacio educacional la labor de educar se complementa -como en toda institución que requiere una función de contención- con la función del disciplinamiento conductual, que está entregada a otro tipo de profesionales, cuya acción permite que formalmente se realice la entrega de la enseñanza en el aula.

 

Este aprendizaje de la disciplina, que es el habituarse a cumplir obligaciones sin atender a s se vinculan al deseo, a la motivación y al interés; el disciplinamiento en horarios, reglas, tolerancia a estar sentados por largos periodos y poner atención a ideas que no les despiertan mayor interés, es la educación conductual tampoco explicitada, que es la que produce las conductas de obediencia a una sociedad disciplinaria.

 

Ahora, atendiendo al proceso formativo explícito, éste consiste primero en un aprendizaje teórico de materias que se considera universales, es decir, que todos requerirían conocer y que darían cuenta de la totalidad del conocimiento.

 

Sin embargo en la práctica se priorizan ciertos campos que son considerados más funcionales a las habilidades requeridas en la educación superior, o  que determinan quienes son los más aptos para cursar con éxito la educación superior. Estos campos son matemática y lenguaje, historia, física, química y biología. A partir de ello, la formación se instrumentaliza al servicio de responder con éxito las pruebas estandarizadas sobre estas materias.

 

Esta educación universal teórica es  una estrechez respecto del conjunto de campos en los que es necesario formar a las personas, y las pruebas estandarizadas son una elevación a la segunda o tercera potencia de esa estrechez.

 

Y cuando se habla de calidad de la educación, ésta refiere a  los resultados en estos dos campos en los que se educa: cuánto aprenden o memorizan de las materias universales, y cuánto aprenden a hacer operaciones en esas materias priorizadas que se evalúan en las pruebas estándar. Es bueno aunque obvio establecer que la calidad del resultado de  un aprendizaje se mide en relación a los parámetros en que ese aprendizaje queda definido.

 

La ampliación del proceso formativo, o la posibilidad de definir una finalidad más amplia para la educación, requiere de un paradigma que entre otros nombres podemos llamar  holístico.

 

Desde esta mirada el horizonte deseado para el  proceso formativo no es la adquisición de una educación universal, teórica y memorística, ni la capacitación para las pruebas estándar. Tampoco se formula como progreso, ni se instala en la comparación competitiva con otros.

 

La misión de la educación desde este paradigma es definida al servicio de la formación para ‘el logro de una vida buena personal y de la comunidad’. Y esa formación requiere de una variedad de campos que el sistema actual no incorpora, y con referencias paradigmáticas y metodológicas diferentes. Con ello, la especificación del proceso formativo se traslada a concordar cómo comprendemos esa vida buena y cómo podemos formar para ella.