Por una Educación Transformadora

October 5, 2016

CLAUDIO NARANJO Y SU PROPUESTA DE UNA EDUCACIÓN TRANSFORMADORA

 

Prefacio de Nicole Diesbach

Instituto de Investigaciones Pedagógicas

Baja California.

 

Existe una gran diferencia entre ver y atre-ver-se. Podemos ver infinitas cosas, numerosos asuntos, cantidades de problemas, innumerables realidades que vivimos a la fuerza, sin querer, aun con lástima. Ver es darse cuenta de lo que hay, incluso, de lo que es, tomar conciencia de lo que no funciona en nuestro mundo, como la educación, que es lo que nos ocupa aquí. Ver tiene una connotación pasiva. ¿Cómo se sigue dando la educación? De la misma manera que hace siglos. La humanidad evoluciona, pero la educación queda fija. Los libros pueden ser nuevos, pero la forma y el contenido de la educación se han petrificado; la ciencia progresa, pero el conocimiento se queda atrás; el niño y el joven evolucionan, pero el profesor queda atado a su forma de enseñar. Todo el mundo puede ver eso, a pesar de que no todo el mundo lo ve. Ver tiene una connotación pasiva, pero es un acto superior a no ver. Sin embargo, ver no cambia nada. El acto de ver, diría Freire, no es comprometedor, uno queda espectador consciente o inconsciente. La marginalización “freiriana” de los pueblos pobres se puede transportar a la marginalización de todos los pueblos en relación a una educación para el siglo XXI, todavía en pañales, porque sólo vemos. Y ver , ver la pizarra, ver el libro, ver al profesor, ver la basura tirada, ver nuestros padres conformes, ver la ira de la gente, ver la inconformidad de todo el mundo, ver la TV, ver Internet, ver las mismas cosas sin descubrir, sin espíritu de curiosidad, sin jugar, sin cantar, sin bailar, sin reír, sin crear, nos ha llevado al mundo que tenemos hoy y a las relaciones que hemos tejido con las cosas, con los demás y con nosotros mismos. Es lo que hemos aprendido en la escuela desde siglos: ser espectador, ser repetidor, ser creyentes de lo que vemos, de lo que escuchamos, de lo que nos enseñan. Resultado: somos todos pasivos frente a un bellísimo mundo, a una riquísima naturaleza, a una espléndida humanidad que nos hemos acostumbrado a destruir día a día, de generación en generación. Y seguimos el mismo tipo de escuela, la que ha educado numerosas generaciones, y el mismo modo de enseñar, la que ha formado innumerables profesores. Sin cuestionar. Ver, para el Homo Sapiens ordinario, entra en la misma categoría que el no ver, porque todo queda igual, estático, sin movimiento, sin evolución. El modo de ver del Homo Sapiens es mirar, disecar, separar, analizar, gastar, desgastar, descomponer, deteriorar, acumular, envenenar, dividir, oponer, dominar, teorizar y dejar las cosas como están, echadas a perder. Para el Hombre de Transición hacia la nueva especie de la cual ya se habla, ver es atre-ver-se, es búsqueda continua, movimiento incesante, evolución sin término, es vida reverenciada, es descubrimiento de la totalidad, de la unidad, del holismo en cualquier aparente fragmento de la realidad bajo el orden implicado y desplegado, es aventura apasionada, es silencio frente a lo desconocido. ¿Hemos llegado a ver en nuestra escuela de hoy con los ojos nuevos del siglo XXI? ¿O seguimos la misma fórmula educativa que impide al niño o al joven tener ganas de ir a la escuela, de investigar en vez de memorizar, de cooperar en vez de competir, de crear en vez de repetir, de amar y abrazar en vez de pegar y criticar, de ser felices en vez de ser aburridos? La evolución es dar un paso en la conciencia. No basta ver, sino atreverse, es un ver en movimiento, es ir más allá de la constatación, es quitar los obstáculos y dejar fluir la vida que nos anima. Es lo que hace Claudio Naranjo: ve y se atreve. Este libro encierra no sólo un escrito, sino una vida de atrevimiento que prepara la nueva especie humana. Unos cuantos autores se han atrevido no sólo a hablar de la educación y de la conciencia, sino a enseñar y vivir una praxis, tales como en los años cincuenta Pierre Teilhard de Chardin, en los sesenta Paolo Freire, en los setenta Ivan Illich, Erich Fromm, Carl Rogers etcétera, a finales del siglo pasado y a principios de este milenio Claudio Naranjo, como también Edgar Morin para nuestro mundo occidental. No hay necesidad de ser maestros de profesión para ser maestros de los maestros. Se necesita vivir, ver y atreverse, o sea vivir en plenitud y contagiar al mundo. Lo que marca el ser en su marcha evolutiva dinámica, es su cuestionamiento y su búsqueda incesante de solución a los obstáculos que oscurecen el entendimiento e impiden el desarrollo de la conciencia superior. Es también su visión de la totalidad fuera de un cuadro mental estrecho y fijo. El atrevimiento de Claudio Naranjo, en su originalidad, es la búsqueda de esta educación dirigida a la totalidad de la persona, y no sólo –como la escuela lo ha hecho hasta el presente– una educación dirigida a la cabeza. La razón sola nos puede llevar a donde estamos hoy, a lo absurdo, a la posible destrucción total de nuestro planeta y de todo lo que vive. Rousseau ya había dicho en su tiempo respecto al hombre: “Quiero enseñarle a vivir”, y añadía: “Nuestro verdadero estudio es el de la condición humana”. Pocos todavía tenemos una visión global y esencial –es decir una visión humanista y supramental– de nuestro mundo, de nuestra realidad, así que pocos podemos educar bien. Mientras sigamos educando gente para manejar nuestras instituciones, tendremos robots sin conciencia y porvenir. Mientras los educadores y los educandos sean, y acepten ser, los objetos de una sociedad centrada en el rendimiento, la ganancia y lo superfluo, no habrá sujetos capaces de organizar instituciones adaptadas a las circunstancias cambiantes de nuestro mundo y al servicio real de las necesidades apremiantes y relevantes de sus habitantes, sólo se aprovechará de ellos. Pascal también se había ya dado cuenta de la desviación de la educación: “No se enseña a los hombres a ser razonables y se les enseña todo lo demás”. “¿Quién educará a los educadores?” se preguntaba Marx en una de sus tesis sobre Feuerbach. Contesta Edgar Morin: “Será una minoría de educadores, animados por la fe en la necesidad de reformar el pensamiento y regenerar la enseñanza. Serán unos educadores que tengan interiorizado ya en ellos el sentido de su misión”. Y aparece Claudio Naranjo, muy consciente del reto en la educación al llegar a este nuevo milenio del cual hemos soñado que será diferente, que todo cambiará. Sin embargo, nada se da automáticamente, o sea sin el despertar del mismo ser humano, sin la decisión y la puesta en práctica de su propio cambio. Es también lo que propone el autor desde hace años. Este libro es el fruto de su persistencia en poner el dedo sobre la llaga, tanto sobre la falla en la educación como sobre el remedio posible. Es uno de sus grandes méritos, porque muchos critican pero, en cambio, no aportan ideas. La creatividad de Naranjo nació al mismo tiempo que su aguda visión hacía los nocivos efectos de la educación en general. Nuestros gobiernos gastan mucho de nuestro dinero en arreglar los efectos de nuestras propias conductas, multiplican los policías, reforman los programas educativos, construyen carreteras para facilitar la producción y el comercio pero, curiosamente, no gastan en la búsqueda de las causas reales de muchos problemas que padecemos desde tantos años. Más aún, estos empeoran. No gastan los funcionarios para su propia preparación, y todavía menos para la de los profesores –claro, hablo de una educación apropiada, no de cursos rutinarios en vista a una reforma–, entonces siguen con una mentalidad de los siglos pasados, una apertura mínima de la conciencia y una visión estrecha, capaces sólo de repetir lo que está fijado en sus propios cuadros mentales. Claudio Naranjo se atreve a hablar de la irrelevancia de la educación, de su condición fosilizada, de su obsolescencia que “perpetúa nuestra inmadurez colectiva”, así como también del “cientificismo antiespiritual” que todavía reina en nuestra educación oficial. Es evidentemente normal que las cárceles, por ejemplo, tiendan a llenarse hasta cuatro veces por encima de sus posibilidades sin ninguna esperanza de salvar la vida integral de estos prisioneros. ¿Y los jóvenes encarcelados en nuestras escuelas? ¿Les salvaremos de nuestra maquinaria sin sentido? Claudio Naranjo subraya lo trágico de ver que entre las instituciones humanas, la educación es la que tendría que atender el desarrollo humano, sin embargo se puede constatar que “nuestro estancamiento psico-espiritual se ha tornado crítico”. Consecuencia: “nuestro subdesarrollo en materia de humanidad se expresa en un sin fin de disturbios”. Después de esta constatación, Naranjo invita, ni más ni menos, a la revolución –no el tipo de revolución que conocimos con sangre y sin resultado real–, sino sólo un desplazamiento del poder. Los nuevos revolucionarios están llamados a tener un alto nivel de conciencia, un conocimiento de sí mismos profundo y por ende de los demás, un silencio interior que permite la atención, la escucha, la percepción de la verdad, un continuo trabajo en el desmoronamiento del ego y un despertar de la conciencia con el reconocimiento de su ser espiritual. La educación es para el desarrollo humano integral, y no para formar seres dóciles, manejados, automatizados, sin visión futura, capaces sólo de manipular a los demás, producir, vender y contentarse con la pseudo-democracia. El autor nos dice maravillosamente que la educación promueve “la libre realización de nuestras potencialidades evolutivas y creativas” y añade sabiamente que este tipo de educación es “urgente para nuestra supervivencia colectiva”. En vez de desarrollar actitudes de atención, habilidad y afecto, empujados por nuestra neurosis colectiva aguda hemos inventado la “educación control”, subraya el autor, para así controlar la sociedad, y lo hemos aprendido tanto que también controlamos en la oficina, en la escuela, en casa a nuestro marido, mujer o hijos, etcétera. Nos encontramos lejos entonces de la educación al servicio de la liberación de cada uno. Naranjo llama el “contra-control” al hecho de educar para la libertad y la autonomía en orden de obtener auténticos individuos, y no robots o conformistas que evitan los problemas. Por eso, por razones fundamentales, después de haber dado su tiempo y experiencia a psicólogos y terapeutas, Naranjo elige dedicarse a educadores, maestros, profesores, que tienen un contacto privilegiado con la juventud. Nuestro mundo de mañana será a imagen y semejanza de ellos. La primera responsabilidad de ser en plenitud descansa sobre los hombros de los educadores, padres de familia y profesores. No pueden transmitir más de lo que tienen o son. En la medida de la evolución de la propia conciencia, nada puede impedirles su propia transformación a través de los medios más apropiados en existencia hoy. Es aquí donde Claudio Naranjo nos demuestra que él no es sólo un intelectual separado de la realidad, sino que pisa tierra. Ha creado, en especial, un seminario de diez días, o sea un conjunto de prácticas y disciplinas, que ha llamado SAT (Ser, en sánscrito), cuyo nombre revela tanto la finalidad como el propósito fundamental. Es suficiente, según él, este tiempo al año, repetido unos años más con elementos nuevos, para una real re-educación. La primera meta del SAT es el desmoronamiento del ego, el falso yo, o personalidad, construido desde la niñez para defenderse o protegerse de la anti-sabiduría de los progenitores. Después de un profundo auto-conocimiento, clave para un cambio sano, las siguientes metas del SAT son la re-educación interpersonal y el cultivo espiritual, el cual ayuda, según el autor, a “cambiar nuestro foco de lo externo a lo interno, de lo a